I
Camino por una calle sola y sucia en los suburbios de la
ciudad. La gente del barrio no se acerca a un lugar así, de perdición, donde
los “hombres” pierden su virilidad. “Es un cine porno”, es lo poco que se
atreven a decir quienes llegan a hablar del local. Pero, aunque todos lo saben,
nadie lo comenta en voz alta. No, no es solo un cine porno. Ahí dentro no solo
se ven películas, ahí los cuerpos no conocen límites, algunos por calentura,
algunos por dinero, algunos por soledad o tristeza, no es algo que los
visitantes pregunten. Es un banquete de comida podrida.
Después de entrar desde la calle por la puerta vieja y
oxidada del local, veo a dos personas charlando en una mesa, parece la
recepción de un hotel barato de algún pueblo. La única diferencia que noto es
que hay posters de películas pornográficas, son pequeños y están pegados de
frente a la mesa que funciona como escritorio. Si fueras un poco despistado o
tuvieras tanta vergüenza de estar ahí como yo la tuve la primera vez que fui,
entonces pasarían desapercibidas. Y es que la mayoría compartimos un poco de
esa vergüenza que tuve yo sentí. A todos se nos adiestro con el mismo credo
tortuoso.
Esa sensación incomoda, que debería detenerte de vestirte de
una u otra forma, de disfrutar la sexualidad abiertamente, que debería detener
el deseo de vivirte como quieres, termina siendo lo que lleva a que lugares
como este aparezcan por toda la ciudad. Clandestinos, sucios, sin supervisión
ni cuidado, estos lugares son como lo son, porque lo que avergüenza, mejor
ocultarlo.
En fin, a lo que vine. Pago, me entregan mi boleto y atravieso
la cortina roja gigante y sucia que separa la recepción de la sala. Con
dificultad alcanzo a sentarme en una banca y me quedo ahí hasta que mis ojos se
acostumbran a la penumbra. Ahora que puedo ver, me levanto y comienzo a pasear.
Aquí hay de todo, jotitas, vestidas, chacales, prostitutas, closeteros e
incluso heterocuriosos. Pasando la cortina no importa quien seas o de donde
vengas, pasando la cortina se acaba la vergüenza.
II
Media hora fue suficiente para encontrar el placer que
buscaba, pero también lo fue para hostigarme del olor, de la gente y de mí
mismo. Atravieso la cortina para salir, al mismo tiempo que la atraviesa para
entrar un jovencito que podría tener la edad de mi sobrino. Me estremezco, pero
sé que, al igual que a mí, este puede ser el único lugar en donde se sintió
seguro para ir.
Recién en esta resaca sexual, me interesa más todo lo que
pasa con la gente. Recuerdo como algunos asistentes se visten en el baño para
presentarse como mujeres, pienso en los prostitutos que pasan todo el día aquí.
Alcanzo a ver un letrero sobre PREP y que te que te invita a buscar información
sobre ITSs. “No hay mejor lugar para una campaña así”, pienso.
Esto es como una cueva que se siente segura en medio en un
bosque oscuro y solitario. Sin embargo, comparado con el tamaño de un bosque,
es fácil olvidar que también dentro de la cueva hay oscuridad y amenazas. Toda
la clandestinidad de los lugares de encuentro, expone a riesgos a los
asistentes. ¿Cuántos testimonios habrá? Amenazas, golpes, bolseos, robos,
estafas y violaciones. Un destino que es verdugo expiador de los pecados
cometidos dentro.
Afuera las patrullas dan rondines, se escuchan las sirenas
demasiado cerca. Al menos llegaré seguro al metro; al menos llegaré seguro a
casa. Ahora solo tendré que convivir con el remanente de culpa durante el resto
del día. Mi novio piensa que estoy en camino a casa de mi mamá, ella piensa que
sigo en casa de mi novio.
Salgo del local al mismo tiempo que otro muchacho, luce como
de mi edad, es atractivo, ¿cómo no lo encontré dentro? Le sonrío, me sonríe, no
cruzamos palabras, ambos sabemos que ahora, afuera de la cortina, la situación es
diferente. Ahora hemos regresado al bosque oscuro.
III
Comienzo a caminar, aún es temprano, calculo que son las 2
p.m. La calle sigue tan desierta como cuando llegué. Camino hacia la dirección
contraria del muchacho. Nos despedimos sin hacerlo, una mirada sobre el hombro
y una última sonrisa. De pronto, alcanzo a ver como dos patrullas entran desde
el lado contrario de la calle y se detienen de golpe justo a su lado. Qué bueno
que no me fui con él.
No termino mi idea y de pronto una de las patrullas acelera
y alcanza mi camino, me corta el paso y se bajan dos municipales. Cuerpos
grandes, pieles descuidadas, esa voz de macho que tanto odio. Eran el cliché
que todos conocemos. Malditos puercos, ojalá recordara sus caras.
“Buenas, te vamos a revisar tus cosas. Es de pura rutina,
flaco, ¿puedes mostrarnos tu mochila?” Me dan nervios, no tienen derecho a
revisar mis cosas, pero creo que cooperar es mejor que hacer un pedo de todo. “No
tengo nada incriminatorio”, me repito iluso. No sabía en ese momento es que no
era necesario traerlo. Algo iba va a salir, cualquier pretexto para que pudieran
continuar con su chamba. Al menos no mintieron, sí era parte de su rutina.
“¿Para dónde vas?”, “¿de dónde vienes?”, “¿qué haces en esta
calle, flaco?” Ellos cada minuto más preguntas, y yo cada minuto más tenso.
“Entonces eres inge” Dice uno de los dos policías mientras
revisa mi credencial del trabajo. Me doy cuenta de que van a querer dinero. “Soy
técnico electricista, en el trabajo ponen así en la credencial para que los
clientes piensen eso.” Contesto con la esperanza de parecer poco atractivo para
lo que estuvieran planeando.
“ok… bueno, qué crees
flaco, vamos a tener que llevarte a que te levanten un acta administrativa,
tienes dos identificaciones oficiales con diferente dirección, eso está
sospechoso”. Imagino que mi cara de sorpresa les debió haber causado gracia. No
dijeron nada, pero habían conseguido un pretexto para detenerme. “Poli pero una
ya esta caducada” les dije. “Sí, eso lo checará la persona adecuada, por favor
súbete a la patrulla”.
La vergüenza volvió. ¿Cómo iba a explicarle a todos que me
detuvieron aquí? ¿Quién vendría por mí? No sé en qué momento la otra patrulla
había desaparecido junto con el chico que salió antes conmigo. Ohh… Que mal que
no me fui con él.
No tenía a donde correr, no nada que hacer. Me subí a la
patrulla con fe en que las cosas podrían salir bien.
Olía como a torta de puesto, milanesa frita que seguro se comieron
con el boing de mango del cual la basura estaba ahí a la vista, en el asiento
del copiloto. Veo que las ventanas son reforzadas y las puertas no se pueden
abrir por dentro, además un policía se sienta a lado de mi y me atrapa por
completo. Se siento como gata acorralada.
Luego de un par de minutos me preguntan. “Entonces flaco, qué
vamos a hacer?”
“Pues lléveme al M.P por mi acta. ¿Es por aquí?” pregunté,
mientras veía alrededor intentando reconocer la ruta que estaban tomando.
“Si entiendes por qué te subimos ¿verdad? No podemos
asegurar que tu otra identificación no sea falsa y en realidad estemos ante un
falsificador de documentos”, balbuceó el otro policía. Fue el punto en donde por
fin acepté que me detuvieron sin saber por qué. Quise convencerlos de que no
era nada malo pero ellos se empezaron a notar impacientes de mi voz temblorosa.
De repente lo pensé, “les voy a ofrecer varo”. Un soborno.
Nunca lo había hecho antes y era algo que me enorgullecía. Como si de verdad la
moralidad definiera si soy buena persona o no, y como si ser bueno fuera
importante para dejarme ir o no. Dudé de nuevo, “Si intento sobornarlos me irá
peor”. Dos segundos después el policía me dice que nos podemos arreglar y que
me dejan ahí mismo. “ja, que descaro” pienso, pero también les pregunto qué
cuánto quieren. “Lo que tu consideres para que te dejemos ir, flaco”
“Mil a cada uno” les digo inseguro, y creo que les ofende
que menospreciara su labor. Se ríen y las cosas cambian de tono para mal. No me
hubiera imaginado que no saber sobornar sería peor.
El policía a mi lado mira alrededor, saca su pistola e insinúa
que ellos no estaban jugando, la pone en mi pierna mientras me dice que eso no
me iba a matar, pero que me iba a doler bien rico.
Poco a poco y sin quitar la pistola de mi pierna, me fue
sacando información qué le faltaba de mi familia, de mi casa, de mi trabajo.
Una evaluación económica para definir mi destino.
“Y, ¿porque un ingeniero tiene un celular tan jodido?”, me dice
burlón, mientras me quitaba el celular de mi mano.
“Que no soy ingeniero”, levanto la voz.
“A ver, hijo de tu puta madre, a mí
me respetas” grita mientras pasa la pistola de mi pierna a mi sien.
Se supone que debería de morirme de miedo con una pistola
pegada en la cabeza, no sé si porque pensé que no me mataría en la patrulla o
porque ya había sentido tantas cosas hasta ese momento, que estaba agotado,
pero en vez de pensar en rogar por mi vida, se sintió como algo que tenía que
ocurrir, como un paso más del trámite. Pero, mi cuerpo reaccionó de otra
manera, mis lagrimas salieron sin que lo pudiera controlar. El putito llorón
que siempre he sido, apareció. “Agáchate cabrón”
mientras me daba de cachazos en la espalda y en la cabeza. Yo no recuerdo haber
sentido dolor, no físico. Pero sí pensaba que siempre habían tenido razón
todos, mi vida estaba mal. El deseo antinatural no podría haberme llevado por
otro camino que no fuera este. Era mi culpa.
IV
Llevo al menos dos horas en posición fetal. Mis rodillas me
duelen, pero es raro porque mis piernas no las siento. El policía revisó mi
cartera, me pidió mi pulgar de vez en vez para poder desbloquear mi celular.
Cada cierto tiempo le pedí que por favor me dejaran ir, siempre hubo cachazos y
gritos como respuesta, el policía se volvía más cruel en cuanto me veía más
vulnerable. No me preocupaba que me mataran, pero no quería ser un desaparecido
más. Pensar en mi madre buscándome, en toda la familia sin saber que pasó
conmigo, me rompía el corazón.
De repente el carro para, me avisan que si me muevo, ya sé
lo que pasará. Me dan un par de golpes con la pistola para confirmar que lo
tengo claro, abren la puerta y la mantienen abierta mientras escucho sus voces
afuera. Hay más personas. Las voces se transforman en risas. ¿Qué estarán
diciendo? ¿Se burlarán de mí? ¿Por qué siempre me importó tanto que se rían de
mí? ¿Por qué me importa esto ahora? Debería aprovechar para huir, la puerta está
abierta y hay más gente alrededor. Si me matan aquí no habrá diferencia a si lo
hacen en otro lado, al menos aquí mi mamá me encontraría.
Unos 10 minutos después de no haberme atrevido ni a levantar
la cabeza, regresan. No sé qué habrán dicho ni a quién, pero cuando vuelven, lo
hacen hablando de los putitos. Se suben a la patrulla, arrancan y me dicen mientras
nos movemos. “¡Pinches putos, van a hacer sus
porquerías al cine creyendo que es normal y luego míralos como lloran! Como
niñitas. ¿Crees que no sabemos lo que van a hacer a esos lugares? Putos
desviados”, otro golpe.
Yo sé que no les sirvo, no me reclutarían para ser narco,
soy un flaco chillón; no van a secuestrarme, soy un técnico cualquiera con un
celular jodido; no me van a violar, son homofóbicos. ¿Sí me van a matar?
Se dejaron de escuchar otros carros ya hace rato y pasamos
por un terreno de baches qué hacen qué me tambalee, pero los puercos no hablan más,
solo conducen. Cada qué hablo hay golpes así que todo ha sido silencio la
última media hora.
El carro se estaciona.
“Te vamos a devolver tu cartera. Te vas a bajar de la
patrulla y vas a caminar sin voltear para atrás, entendiste” Me anuncian con un
todo más amable, como si me estuvieran haciendo un favor.
“¿Y mi celular?”
“Ese ya se lo quedó el jefe, flaco, ¿no escuchaste que lo
pasamos a visitar?”.
“Ah, vale está bien, Gracias”. Sí, dije gracias.
“Mira Luis, sabemos tu dirección, con quién vives, dónde
trabajas, cuánto ganas y sabemos que no vas a decir nada, porque si dices algo,
entonces vamos a ir a tu casa, pero no iremos por ti, iremos por cada una de
las personas que quieres y todo va a valer madre. ¿entendiste?”
Asiento con la cabeza. “Sí poli entendí, por favor solo
déjenme ir”.
Abren la puerta y me dicen que baje rápido de ella. Me
levanto con los ojos cerrados y me doy media vuelta para no ver las placas,
como me ordenaron. Abro los ojos y no reconozco en dónde estoy, parece un
llano. Hay mucha tierra y no se ven casas cerca, todo el polvo del piso vuela
con el aire fuerte que se siente ahí, también hierba seca y alta qué no me deja
ver más lejos. De repente gritan “!Córrele wey!”,
pero mis piernas no responden, logro dar unos pasos y me tropiezo, pero no me
caigo. Quiero correr lo más que pueda, pero no doy otros cinco pasos y caigo
por una loma de unos dos metros de alto. Boca arriba sin poder levantarme por
fin me rindo. No es que no pueda mover las piernas, es que no quiero. Van a
dispararme y aquí en medio de la nada va a ser el último lugar de este mundo
que habré conocido.
V
Me canse de llorar, ya pasaron unos 30 minutos y sigo aquí
tirado viendo el cielo sin pensar, las nubes fueron mi consuelo y vinieron a
darme un poco de sombra mientras regresaba mi cordura. Ya puedo moverme,
levanto mi torso y me siento. Los insectos que caminan a mi alrededor y sobre
mí y que normalmente me causarían repulsión, ahora ni siquiera me molestan.
Estoy vivo.
Soy todo contradicciones, ahora pienso que estoy bien, en
realidad puede que solo exageré mi reacción. Me pongo de pie y subo la loma a
donde me bajaron los policías, pero no ya no hay nadie, eso sí, al menos
alcanzo a ver una carretera y una caseta. Me encamino rápido para allá. Me
resulta gracioso lo mucho que anhelo volver a el circo social del que me
sacaron por solo 3 horas.
Llego a la caseta, pero me dicen que no podían ayudarme a
comunicarme con nadie porque sus celulares tenían bloqueos. Es obvio que no
creen mi historia, pero no importa, me dicen hacia donde ir y sigo caminando, hasta
que por fin llego a una colonia, aún estoy en Ecatepec. Por el tiempo que
estuvieron manejando pensé que estaría muy lejos, pero no, es la colonia a un
lado del río de los remedios. Aquí han encontrado muchos muertos.
¡No, no exageré y tampoco es mi
culpa! Pienso. Ahora estoy enojado. Si fuera blanco, o más alto, o si
estuviera mamado, tal vez no me habría pasado esto.
!Maldita sea!, si no fuera maricón no me habría pasado esto.
Una patrulla viene a lo lejos. Empiezo a sentir terror, va a
ser un terror que me acompañara unos cuantos años. Un eficaz recordatorio de
que es peligroso ser lo que soy, haber nacido moreno y crecido puto.
Encuentro un café internet, la muchacha que atiende me mira
sospechosamente cuando entro y le pregunto por cuánto tiempo me puede rentar la
computadora si sólo tengo 15 pesos. Por fin me presta una máquina y me comunico
con la familia. En cuanto me responden, vuelven a rodar lagrimas sin que las
pueda controlar, pero ya ni siquiera suspiro, es como un reflejo, no un
sentimiento.
La hora que me rento la muchacha me sirvió hasta para pedir
un uber. Duermo casi todo el viaje, no entiendo porque estoy tan cansado. Unos
minutos antes de llegar a casa de mi novio, vuelve mi compañera, la vergüenza. Ahora
me recuerda que, a los ojos de la gente, incluso de mi propia familia, lo que
paso habrá sido mi culpa, aunque yo sepa
que no.
Llego a casa y está la familia reunida incluyendo a mí novio,
me reciben y curan mis heridas en la espalda por los golpes, hasta este momento
empiezo a sentir el dolor. Todos lloramos mientras les cuento como los policías
me abordaron sin ningún motivo a dos cuadras de la casa de mi mamá. Si supieran
que en realidad eso fue a más de 10 kilómetros, afuera de la cueva, no habrían
cambiado sus vidas. A partir de ese día nadie pasará por esa calle porque seguro
los polis estarán ahí. Cambié la dinámica del camino a casa de toda mi familia
porque me dio vergüenza que quise vivir mi sexualidad y me tocó vivir la
maldad.
Si fue maldad, ¿no?, ¿o es necesidad?
Me pregunto que motiva a esos puercos. Hace poco leí las
reseñas en internet sobre el cine, y me enteré de que no he sido el único al
que le han hecho eso. Y a pesar de eso, pensar en denunciar me regresa al
momento en que me amenazaron y después al momento en que pasamos a ver a su
jefe.
Ni siquiera saber el nombre completo del policía, que quedó
registrado en mi estado de cuenta después de que se transfiriera todo mi
dinero, me da el valor para hacerlo.
La vergüenza aún rige en mis acciones, parece que al final
ganó. Mantiene vivo al cine de muzquiz y a otros lugares parecidos, mantiene a
la gente sin hablar de lo que pasa dentro o fuera de ellos y me mantuvo mintiendo
todo este tiempo sobre lo que pasó.
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